El diplomático y académico dominicano Josué Fiallo sostiene que la desconexión en los vínculos, ya sean personales o entre naciones, no ocurre de forma repentina, sino que es el resultado de una administración progresiva del silencio. Según su análisis, la falta de interlocución directa genera una distancia que nadie asume como responsabilidad propia, pero que termina por erosionar la estructura que sostiene cualquier relación importante.
Fiallo explica que, tanto en la vida cotidiana como en la política internacional, la ausencia de canales de comunicación efectivos permite que las interpretaciones sustituyan a la realidad. Cuando los diálogos se limitan a documentos oficiales o notas escritas, se pierde el contexto y el tono, transformando una relación viva en un simple expediente administrativo.
La diplomacia como arquitectura de la conversación
El autor destaca que la diplomacia funciona como una ingeniería diseñada para mantener el contacto entre estados, incluso cuando existe una falta de afinidad entre sus líderes. El protocolo no debe entenderse como un acto de vanidad, sino como una herramienta esencial para que la relación no dependa exclusivamente del afecto, el cual es un recurso volátil en la política.
Para ilustrar este punto, Fiallo recurre a ejemplos históricos donde la falla en la comunicación tuvo consecuencias críticas:
- La Primera Guerra Mundial: A pesar de la relación personal entre el káiser Guillermo y el zar Nicolás, la falta de una estructura política que tradujera ese afecto en decisiones coordinadas facilitó el estallido del conflicto.
- La Crisis de los Misiles en 1962: La demora en la comunicación entre Washington y Moscú llevó al mundo al borde de una guerra nuclear, lo que derivó en la creación de la “línea roja” para asegurar un contacto inmediato.
- La Crisis de la Silla Vacía: En 1965, la ausencia de participación de Francia en la Comunidad Económica Europea bloqueó procesos clave, resolviéndose únicamente cuando se retomó el hábito de sentarse a negociar.
El impacto del silencio en las organizaciones
El análisis advierte que la distancia en la comunicación suele descender por las jerarquías. Cuando los niveles superiores dejan de dialogar, los mandos medios y los niveles técnicos tienden a retraerse, secando los conductos de coordinación. Esto crea un vacío peligroso donde las decisiones se descubren cuando ya han sido ejecutadas, dejando a la diplomacia en un rol meramente reactivo.
Finalmente, el experto subraya que las relaciones no se reparan con gestos grandiosos, sino mediante una “ingeniería humilde”: establecer fechas, buscar intermediarios o retomar temas menores para reconstruir el hábito de acordar. La clave reside en la voluntad de hablar antes de que la comunicación se convierta en un proceso puramente documental.

