El respeto como base de la influencia política está siendo desplazado por la atención en la era digital, según un análisis que advierte sobre la necesidad de que la dirigencia dominicana comprenda y se adapte a esta nueva realidad. El especialista en Gobernabilidad y Gestión Pública y exdirector de Competitividad de la República Dominicana señala que el respeto, aunque sigue siendo un valor, ha dejado de ser el principal mecanismo para construir influencia pública.
Durante el siglo XX, la autoridad se edificaba lentamente a través de partidos que organizaban la representación, medios que jerarquizaban el debate e instituciones que otorgaban legitimidad. El liderazgo se ganaba con trayectoria, experiencia y capacidad para construir consensos. Sin embargo, ese sistema, aunque estable, está siendo reemplazado por una nueva dinámica donde la competencia ya no es por representación, sino por atención.
La transformación del ecosistema de legitimidad
Las redes sociales transformaron el mercado de la atención. Los algoritmos descubrieron que la indignación retiene más tiempo que la moderación, el conflicto genera más interacción que el consenso y desafiar el statu quo produce más alcance que administrarlo. Mientras que durante décadas el respeto producía autoridad, hoy la irreverencia produce alcance, y el alcance se ha convertido en la materia prima para construir poder.
Están surgiendo actores públicos que no necesitan el camino tradicional para ganar influencia. No requieren años dentro de un partido, ni una larga carrera institucional, ni siquiera el reconocimiento de los medios. Les basta con interpretar el malestar de una parte de la sociedad y amplificarlo. Mientras mayor sea la ruptura, mayor suele ser la atención.
Reducir este fenómeno a una simple pérdida de valores sería un error. No estamos frente a una crisis de modales, sino frente a una transformación del ecosistema donde se construye la legitimidad.
La transformación del ecosistema de legitimidad
Los políticos dominicanos fueron formados en una cultura distinta, donde el silencio era muchas veces una demostración de prudencia; donde responder cada provocación podía interpretarse como inmadurez; donde el ascenso político dependía de años de trabajo, disciplina y acumulación de méritos. Ese modelo aportó estabilidad, pero también terminó cerrando espacios, haciendo más lenta la renovación y alejando a muchas generaciones que crecieron en un mundo completamente diferente.
Mientras las estructuras tradicionales seguían funcionando bajo las reglas del siglo XX, millones de ciudadanos comenzaron a construir comunidades, liderazgos e influencia al margen de ellas. Por eso los cacerolazos, las protestas espontáneas, la creciente desconfianza hacia los partidos, los medios, las élites económicas e incluso otras instituciones no son fenómenos aislados. Forman parte de una misma transformación.
El cuestionamiento ya no se dirige únicamente contra un gobierno. Se dirige contra el sistema. Y cuando una parte importante de la sociedad deja de creer en el sistema, los discursos más radicales encuentran el terreno perfecto para crecer.
La respuesta necesaria
La respuesta no puede ser encerrarse en la nostalgia de una política que ya no existe, ni copiar los excesos de quienes han convertido la confrontación permanente en un modelo de negocio político. La respuesta pasa por recuperar legitimidad. Eso exige partidos más abiertos, transparentes y meritocráticos; instituciones capaces de corregir injusticias y ampliar oportunidades; liderazgos que comprendan las nuevas formas de comunicación sin renunciar a la responsabilidad democrática; y un Estado que vuelva a demostrar, con resultados, que es capaz de resolver los problemas reales de la gente.
La legitimidad ya no se hereda, se renueva todos los días. Los sistemas políticos no suelen colapsar de golpe. Primero dejan de ser escuchados. Después dejan de ser creídos. Finalmente dejan de ser defendidos. Ese es el verdadero riesgo. No que nos falten el respeto. El irrespeto es apenas el síntoma visible de una transformación mucho más profunda.
La República Dominicana todavía conserva una ventaja extraordinaria frente a muchos países de la región: la capacidad de construir acuerdos básicos alrededor de la democracia, la estabilidad y el desarrollo. Pero esa fortaleza no está garantizada. Habrá que renovarla. Porque si seguimos respondiendo con instituciones y prácticas diseñadas para el siglo XX a una sociedad que ya vive en el siglo XXI, alguien terminará llenando ese vacío. Y entonces descubriremos, demasiado tarde, que el problema nunca fue que nos faltaran el respeto. Fue no haber entendido a tiempo el mundo nuevo que ya había comenzado.

