El comunicador Luis M. Guzmán advierte que la irrupción de figuras provenientes del entretenimiento y las redes sociales en la vida pública dominicana no es un accidente, sino un síntoma de una sociedad que ha dejado de encontrar respuestas en sus instituciones tradicionales. Según el autor, estas figuras no surgen de la nada, sino que son el reflejo de décadas de educación desigual, barrios abandonados y partidos alejados de la vida cotidiana.
Guzmán señala que en muchos sectores, estudiar dejó de ser visto como el camino más seguro para avanzar, mientras que la fama, el dinero rápido y el lenguaje desafiante comenzaron a percibirse como señales de poder. Este fenómeno, explica, no es casual, sino consecuencia de una cultura donde el éxito visible parece valer más que la formación.
Liderazgos del pasado frente al presente digital
El autor recuerda que la República Dominicana ha tenido distintos liderazgos en los últimos 60 años: Balaguer representó el orden después del trauma; Bosch, la pedagogía moral; Peña Gómez, la voz de los excluidos; y Leonel Fernández, la modernización intelectual del poder. Todos surgieron de escuelas políticas, partidos y una idea reconocible de Estado.
En contraste, el liderazgo que hoy asoma desde la cultura digital no viene de la escuela partidaria ni de la doctrina política, sino del mercado, del entretenimiento y de plataformas que hablan a millones sin filtros tradicionales. Su fuerza no está en un programa, sino en una marca; no en una teoría de Estado, sino en una conexión emocional.
La diferencia entre influencia y liderazgo
Guzmán aclara que no se debe descalificar a nadie por su origen, y que venir de abajo puede ser una fuente de sensibilidad social. Sin embargo, advierte que una cosa es dirigir una audiencia y otra muy distinta conducir un Estado. Gobernar exige templanza, equipos técnicos, respeto institucional y capacidad para decidir sobre temas como educación, salud, seguridad, justicia y desarrollo nacional.
La pregunta clave, según el autor, no es si una figura del mundo mediático tiene derecho a participar en política, sino si la sociedad está preparada para distinguir entre influencia y liderazgo, entre audiencia y ciudadanía, y entre éxito empresarial y visión de Estado.
El riesgo de confundir atención con legitimidad
Guzmán advierte que el peligro mayor no está en que alguien del espectáculo quiera influir en la política, sino en una sociedad cansada que empiece a premiar intensidad por encima de pensamiento, popularidad por encima de responsabilidad y fama por encima de preparación. Cuando la democracia confunde atención con legitimidad, puede terminar aplaudiendo lo que luego tendrá que lamentar.
El autor concluye que si frente a ese espejo solo vemos entretenimiento, no hemos entendido nada. El verdadero peligro no es que un comunicador quiera poder, sino que una nación cansada llegue a creer que el poder puede entregarse sin ideas, sin método, sin programa y sin responsabilidad histórica.

