La reciente determinación del presidente Luis Abinader de ordenar la salida de diez diplomáticos cubanos y sus familias ha reabierto un debate sobre la compleja conexión emocional que existe en la República Dominicana con la isla vecina. Esta medida gubernamental parece ignorar un factor histórico que la política exterior suele omitir: el arraigo afectivo y cultural que muchos ciudadanos mantienen hacia Cuba, un fenómeno que trasciende las decisiones de Estado.
Este escenario evoca una advertencia histórica realizada por el fallecido director del Listín Diario, Rafael Herrera, quien acuñó la expresión “el fanatismo cubano de los dominicanos”. Herrera señalaba que enfrentar a figuras o intereses cubanos puede resultar en un terreno sumamente complicado debido a los sentimientos profundamente instalados en la sociedad dominicana, algo que se comprobó años atrás en un incidente entre el humorista Freddy Beras Goico y el cantante Pablo Milanés.
El precedente de Beras Goico y Milanés
En aquel episodio, el popular comunicador Freddy Beras Goico se enfrentó al artista cubano tras la inasistencia de este último a una presentación en su programa. A pesar del enorme prestigio y la conexión que Beras Goico tenía con el pueblo dominicano, gran parte de la opinión pública terminó simpatizando con el músico cubano. Este evento demostró que la lógica de la popularidad local puede verse desplazada por una inclinación emocional hacia lo cubano.
La observación de Herrera sugiere que este tipo de reacciones no son simples caprichos, sino que forman parte de una memoria colectiva alimentada por décadas de intercambios culturales, migratorios y políticos que han creado un vínculo que no siempre responde a la racionalidad política.
Desafíos para la gestión gubernamental
Aunque la decisión de expulsar a la misión diplomática cubana puede estar fundamentada en criterios de seguridad, conveniencia diplomática o alineamientos geopolíticos, existe el riesgo de que el Gobierno no haya calculado el impacto que esta acción tendrá en la percepción interna. La política exterior se basa en informes técnicos y alianzas estratégicas, pero la política nacional debe lidiar también con las percepciones y los sentimientos de la ciudadanía.
El análisis plantea que, mientras el Estado analiza la medida desde la institucionalidad, una parte de la sociedad puede procesarla desde una memoria afectiva resistente. Así, la gestión de Abinader se enfrenta al reto de manejar las relaciones internacionales sin subestimar ese “fanatismo” o sensibilidad que, como advirtió Herrera, puede alterar el tablero político interno.

