El monseñor Jesús Castro Marte ofrece una reflexión profunda sobre la transformación de la sociedad dominicana, trazando un paralelo entre el legado de Radio Guarachita, el ascenso de los influencers en la esfera pública y la persistente religiosidad popular que define la identidad del país.
La huella de Radio Guarachita y la bachata
El autor destaca el papel fundamental que desempeñó Radio Guarachita (690 AM), fundada en 1964 por Radhamés Aracena, como un motor de comunicación para los sectores más humildes. La emisora no solo fue un puente para las familias rurales y urbanas, sino que fue la principal plataforma de la bachata, un género musical que en su momento fue marginado y despreciado por las élites, pero que hoy es un pilar de la cultura nacional.
A través de su programación, la estación logró conectar con el sentimiento de un pueblo que buscaba consuelo en la música y en su fe. Castro Marte recuerda cómo la emisora ofrecía servicios gratuitos para que las personas enviaran mensajes a sus familiares, convirtiéndose en un elemento vital de la estructura social dominicana tras la guerra de 1965.
El impacto de los influencers en la política
En su análisis, el clérigo advierte sobre la creciente influencia de los creadores de contenido digital o influencers, advirtiendo que no deben ser vistos únicamente como figuras del entretenimiento. Según el autor, estos personajes representan un fenómeno sociopolítico que refleja las frustraciones y aspiraciones de sectores de la población que se sienten desconectados del sistema político tradicional.
Castro Marte sostiene que, aunque la preparación de estos personajes sea cuestionable, la clase dirigente no debe subestimar su capacidad de convocatoria. Advierte que la política es un terreno de imprevistos y que la historia ha demostrado que figuras que antes parecían imposibles pueden terminar alcanzando el poder, citando como ejemplo la transición histórica del país.
La fe y la identidad nacional
Finalmente, la columna aborda la importancia de la religiosidad popular como eje de la idiosincrasia dominicana. El autor resalta la devoción a la Virgen de la Altagracia como la expresión más pura del sentimiento de gratitud y fe del pueblo, mencionando su coronación canónica en el Altar de la Patria en 1922 como un hito que consolidó esta conexión espiritual.

